CODEMA19-VERGELAND-1845-7
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[margen superior: Diciembre 11. Año de 1845] EL VERGEL DE ANDALUCIA.
Periódico dedicado al bello secso. PRIMER BAILE
DEL VERGEL DE ANDALUCIA.
Con el número de hoy repartimos
á nuestras suscritoras dos billetes
para el baile que en su obse-
quio damos en la noche del Sa-
bado en la calle de las Campa-
nas, casa número 7, desde las diez de la no-
che hasta el amanecer. Uno de estos dos
billetes puede ser entregado por nuestras
suscritoras á la persona que tengan por con-
veniente, bien sea señora ó caballero, y
el otro, como él indica, es personalísimo,
sin poder por consiguiente ser trasladado.
No admitiéndose en Córdoba suscricion á
nuestro periódico mas que á señoras, no queremos cerrar la
puerta á las que no han tenido á bien honrar nuestra pu-
blicacion, ni á los Señores que gusten favorecernos; razon por
la que, atendida la mayor brillantéz de la reunion, se ha-
llarán de venta los billetes, al precio de diez reales, en el Ca-
sino de la Amistad, calle del Cabildo viejo, y en el Café
Parador de Diligencias de la misma calle, desde el dia de
hoy hasta las ocho de la noche del Sábado, que se encon- [margen inferior: Tomo 1.º Número 9.]
trarán en la misma casa de la calle de las Campanas. Gran-
des son las dificultades que hemos encontrado y que son con-
siguientes á la realizacion de esta empresa: con muchos
obstáculos hemos tenido que luchar para llevar á cabo nues-
tro pensamiento; pero no es hoy toda la gloria nuestra: los
Señores colaboradores de nuestro periódico en esta ciudad, co-
misionados por esta Redaccion para el adorno de los salones
y todos los trabajos que conducian al objeto, se han hecho
acreedores, por el buen desempeño del cargo que cortés-
mente admitieron, á nuestra gratitud; y asi creo nos será
permitido desde ahora congratularnos, dándoles las gracias
con la mas sincera enhorabuena. No hemos escaseado des-
de el principio sacrificios de ninguna especie: hemos que-
rido que este obsequio fuese digno, cuanto sea dable, de
nuestras finas y elegantes favorecedoras; mas su presencia
suplirá cumplidamente cualquiera falta que haya podido ha-
ber por nuestra parte, y garantizará á los concurrentes to-
dos, asi como el precio de los billetes, de que la reunion
será lucida, numerosa y brillante. La distribucion de los sa-
lones, su adorno delicado, un elegante tocador de señoras,
un surtido y abundante ambigú, un espacio guarda-ropa,
una orquesta numerosa en lo posible, y las salas preparadas
para baile, descanso y desahogo, serán una prueba inequí-
voca de que nuestro deseo ha sido conciliar el lujo con la
comodidad. No sabemos si al querer hacer ostensible nues-
tra gratitud ácia las infinitas señoras que nos favorecen, no
satisfará la ejecucion nuestros deseos: de todos modos que-
darémos sumamente complacidas si, como esperamos, es
la reunion del Sábado el centro del buen gusto, del placer
y del regocijo. LA ADALIA.
A CLAUDIA.
¡Error, mísero error, Claudia; si dicen
los hombres que son justos, nos mintieron;
no hay leyes que sus yugos autoricen,
¿Es justa esclavitud la que nos dieron?
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
justo que nuestra vida martiricen?
Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes que atrevidos
en tribunas y púlpitos sostienen.
Pregonan libertad, y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos
¿dueños son de ecsalar ni aun sus gemidos?
Pregonan igualdad, y esos tan bellos
amores que les dá nuestra pureza
¿pagan si no con pálidos destellos?
Pregonan caridad, y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
¿mueve su compasion y su terneza?
Claudia, en nuestra niñéz siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas,
somos en la vejéz muy desdichadas.
Paréceme que miran nuestras vidas
como á plantas de inútiles follages
que valen solo cuando están floridas.
«No han menester jardin, crezcan salvages,
rindan como tributo su hermosura….»
¿qué mas osan decir?.. ¡Cuantos ultrages!
¡Cuántos ultrajes, Claudia, á la criatura
que tiene corazon como el del hombre,
y corazon mas lleno de ternura!
Mádre la llaman, y á tan alto nombre
el español no dobla la rodilla,
y la desprecia, porque al mundo asombre
Que en nuestro bello suelo la semilla
de la mas rica planta ¡ay! arrojada
sea como inútil fruto a la avecilla.
¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca muger sea desdeñada?
¿Verdad que estamos, Claudia, en nuestra tierra
murmurando las hembras, sordamente,
contra la injusta ley que nos destierra?
No bulle la ambicion en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.
Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro á los varones
en sus hechos de historia victoriosos.
Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.
Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas,
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.
¡Oh madres, de otra edad afortunadas,
cuan dichosos que haréis á vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!
No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos…
Mas, Claudia, cuando España, por fortuna,
tras de su largo llanto y dura guerra
esa feliz prosperidad reuna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
CAROLINA CORONADO.
La Muger erudita.
El grande talento de Moliere ha pintado con caractéres
indelebles este carácter: ¿y qué podria yo añadir, dice Saint
Ange⁎, al cuadro tan perfecto y cómico que hace Crisale de
las mugeres eruditas? Sus divinos versos no pueden ser bien
traducidos, y remito al que desee admirarlos á la come-
dia de aquel gran ingenio que tiene el mismo título, es
decir: Las mugeres eruditas.
No entraré en la cuestion tan largo tiempo ventilada por
algunos autores de si las mugeres son ó no á propósito pa-
ra las ciencias. Pero lo que me parece cierto es que el estudio
filosófico no añade nada á su amabilidad. Las reflecsiones pro-
fundas graban en el rostro un caracter severo que no con-
viene á las gracias. Si una muger maneja el pincel ó la li-
ra, ó como otra Safo canta sus amores, no hay duda que
aumenta los atractivos de su hermosura; pero no me agra-
da que una jóven me hable de física ó de geometría, ni
que me cite los autores griegos y latinos; prefiero que no
sepa sino amor.
El hombre que quiera cautivar á la presumida de sabia
ha de dedicarse como ella al estudio de las ciencias; y si las po-
eyese profundamente, se ofrecerá á enseñarselas con la ma-
yor complacencia: si las ignora procurará que ella se las espli-
que; y este será á mi entender el mejor medio para que
consiga ser amado, porque podrá al mismo tiempo hablar-
la de su amor y hacer en él mas progresos que en las
ciencias.
La Muger melancólica.
La muger melancólica es tambien por lo general nove-
lera y tierna. Se enamora de un amante que le parece muy
sensible; evita el tumulto del mundo y gusta del estudio y
de la soledad. El talento y las calidades del corazon y del
espíritu tienen mucho imperio en su alma. Su sociedad agra-
da y complace porque es reflecsiva, uniendo la sensibilidad,
el gusto y la inteligencia; sus ojos tienen un atractivo ines-
plicable y pintada en ellos la mas tierna melancolía. Es pre-
ciso desterrar de su trato toda afectada alegría y entretenerla
con lo que mas le agrade. Ama la gloria y algunas veces cul-
tiva con el buen écsito las bellas artes. El buen proceder y
delicado trato suelen privar tanto con ella, como la finura y
los conocimientos variados.
La melancolía que padece la muger dimana muchas ve-
ces de la necesidad que tiene de amar, por lo que cambia
enteramente su caracter luego que el corazon se halla sa-
tisfecho.
La Muger culta y afectada.
Esta clase de mugeres, fastidiosas por lo regular sin que
ellas lo conozcan, suelen usar un estilo particular y mucha
afectacion. Se ofenden de la menor palabra y del mas insig-
nificante gesto, por lo que el hombre debe estar sobre sí
constantemente y observarse en la conversacion, porque ta-
les mugeres son de una delicadeza ridícula. Todo en ellas
es puro artificio; su voz, su modo de andar, sus gesticu-
laciones, su lenguaje mismo están siempre en contradiccion
con lo natural y sencillo que las disgusta sobre manera. Fór-
manse una falsa idea de lo que es verdaderamente culto, y
creen que consiste en la afectacion y en el esmero estra-
vagante. Es mas facil desagradar á estas mugeres que ena-
morarlas, porque una espresion arriesgada, el son de la voz
demasiado fuerte, la mas inocente libertad pueden ha-
ceros considerar como un hombre atrevido y sin educa-
cion.
El único secreto para complacerlas y conseguir un as-
cendiente sobre tan originales mugeres, consiste en imi-
tar en un todo sus ridiculeces.
A UNA NIÑA.
Oye, niña, en tu contento
mis canciones amorosas,
y no se pierda mi acento,
cual se pierden en el viento
los pétalos de las rosas.
¡Tu sin temer los engaños
del mundo con tu candor!
¡Tu sin temblar por sus daños!
¡Niña de tan pocos años
en las borrascas de amor!
Tu del cielo, hermosa mia,
bajaste para consuelo
á esta sociedad impia,
porque de ella es la falsía,
y los ángeles del cielo.
El mundo nuestros placeres
con su ceño furibundo
tornar sabe en padeceres;
si yo te quiero y me quieres….
¿qué nos importa ese mundo?
Codicia el hombre en mal hora
con insaciable ambicion
cuanto este mundo atesora;
al que de veras adora
le basta su corazon.
Será tu amor sin enojos
mi pradera encantadora
florecida y sin abrojos,
y la lumbre de mi aurora
será la luz de tus ojos.
Tu tierna voz elocuente,
cuando digas que me amas
imitará dulcemente
ya el susurrar de las ramas,
ya el murmurar de la fuente.
Esplendor, gloria… ¿qué son?
¿qué aprovecha en conclusion
ese anhelar infecundo?...
Ven á mis brazos, y un mundo
será nuestro corazon.
Ambos á dos despreciamos
esta tierra de dolor;
como nadie nos amamos,
y será un mundo de amor
ese mundo en que vivamos.
Ven, hermosa, y no abandones
esas esperanzas bellas,
nectar de los corazones…
Aunque falsas ilusiones
¡déjame vivir con ellas!
Tu no temes los amaños
de esta tierra corrompida;
sin la esperanza perdida
no se lloran desengaños
en el dintel de la vida.
Mentira aqui es la alegria,
verdad el luto y dolor;
déjame tu, vida mia,
que mi ardiente fantasía
vuele á otro mundo mejor.
Yo anhelé con frenesí
para el triste corazon
un gérmen de gloria aqui,
cuando angel de bendicion
te trajo Dios para mi.
Y en esa cautividad
que en tu amor tan solo fundo,
cifro un placer sin segundo,
porque es tu amor la verdad…
¡ó no hay verdad en el mundo!
R. Garcia A. de Lovera.
JULIA.
Nobela original.
(Continuacion.)
CAPÍTULO III.
La sorpresa.
«A Dios, pues, y ya que nuestros padres consienten en
ello, dentro de pocos dias llegará para nosotros la era feliz de
nuestra vida.» Estas palabras pronunciadas por Enrique al
despedirse un dia de Julia, daban á entender que aquellos
dos amantes veian cercano el dia en que se habian de unir
para siempre. ¡Ay! los desgraciados no sabian que cuando
iban á tocar el cúmulo de la felicidad, iban á ser víctimas
sacrificadas á las desenfrenadas pasiones de un hombre, y á
los horrorosas maquinaciones de un tigre. Julia se separa
de Enrique, y se dirije ácia su casa. ¿Adonde vas, palo-
ma inocente? ¿piensas que cuando llegas á la morada pa-
cífica donde habitas, donde te entregas á los mas sencillos
recreos, la has de encontrar como antes, mansion de las
virtudes? No: la hallarás dominada por el crimen, ha-
bitada por hombres fieras. En efecto, al descubrir Julia su
casa la encuentra rodeada por todas partes de magníficos
carruajes y de apuestos lacayos: ¿qué es esto? dice para sí
la asombrada joven. ¿Qué gran señor viene á visitar mi hu-
milde choza? Y el genio del mal, que siempre nos guia
á nuestra ruina, hizo á Julia precipitarse para adelantar su
perdicion. Al llegar á la casa encontró á su padre en el es-
ceso del placer, acompañado de otros dos caballeros: el
anciano Pedro asi que vió entrar á su hija, la que saludó
graciosamente á todos, se levantó, y tomándola de la ma-
no ¡hija mia! le dijo: un gran acontecimiento tengo que co-
municarte: somos los mas felices del mundo: el Señor Mar-
qués de Pouman, prendado de tus gracias, solicita tu ma-
no, y mañana mismo ya serás tú Marquesa. Imposible es
manifestar el sentimiento que estas palabras produjeron en
el alma de Julia.
El dolor mas profundo, el terror, la dominaron de tal
manera al recibir aquel terrible golpe de muerte, que se
precipitó en su habitacion dando un grito agudísimo, y ca-
yó desmayada en el dintel de la puerta. Su padre, aunque
bastante sorprendido, corrió á buscar los auxilios necesa-
ríos, diciendo al salir á Lecrair: socorredla al momento,
padre mio.
El Marqués miró á el fingido sacerdote. No contaba-
mos con este incidente, le dijo, ya veis que solo por pro-
ponerselo se acaba de desmayar: ¿creeis todavia que hoy
mismo estará en mi casa? – Su resistencia será uno de los
principales medios de que me valga. Al oir los pasos del an-
ciano Pedro, que venia seguido de todos los trabajadores y
mujeres de la casa, estos dos personajes se acercaron á Julia,
cuya cabeza coloca Lecrair sobre una de sus rodillas, hincan-
do la otra en el suelo, mientras el Marqués, rociando con
agua fresca aquel bello rostro, pretendia hacerla volver á la
vida. Se continuará.
Adela Garcia. [margen inferior: Córdoba: establecimiento tipográfico de Don Fausto García Tena, calle de la Libreria número 2.]
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