CODEMA19-VERGELAND-1845-3
CODEMA19-VERGELAND-1845-3
Título | CODEMA19-VERGELAND-1845-3 |
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Tipo textual | |
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Resumen | Revista El vergel de Andalucía: periódico dedicado al bello sexo (tomo 1, número 4) |
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Archivo | Biblioteca Nacional de España |
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Typology | Otros |
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Fecha | 1845/11/09 |
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Lugar | Córdoba |
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Provincia | Córdoba |
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País | España |
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Transcriptor | Bojana Radosavljevic |
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[margen superior: Noviembre 9. Año de 1845.] EL VERGEL DE ANDALUCIA.
Periódico dedicado al bello secso. EDUCACION.
Arduas y penosas, aunque fecundas en provechosos re-
sultados, tienen que ser nuestras tareas; inmensa y grave
es la responsabilidad que hemos contraido voluntariamente
al emprender nuestra publicacion. Nosotras, como objeto
esencial de ella, hemos proclamado la independencia y pru-
dente emancipacion de la muger: este pensamiento, tan su-
blime y deslumbrador, como nuevo y atrevido, necesita
por nuestra parte de largas esplicaciones: su simple enun-
ciacion puede muy bien producir interpretaciones de mal
género, que tal vez harian poco favor á las autoras de tan
nobre idea: su tenor literal podria por algunos ser califica-
do de un tanto subersivo y sedicioso, germi⁎ando su espíritu
en la inmensa monarquia del hombre, cuyo absoluto impe-
rio aun no ha sido inquietado en el trascurso de muchos
siglos. Nada de eso, no es nuestro ánimo arrebatar al hom-
bre sus derechos; no es nuestro ánimo tampoco disputarle
palmo á palmo el territorio con el derecho de la fuerza:
nosotras lo aplazamos en este momento á la noble y buena
lid de la inteligencia: alli harémos valer esa exigua consi-
deracion social con que ha querido compensarnos el uni-
versal despojo: alli, como ya hemos dicho en otra ocasion, [margen inferior: Tomo 1.º Número 4.º]
nos presentarémos con este bien aislado, á la manera que un
bondadoso padre que mira en el sepulcro las cenizas de su hon-
rada familia, conserva codiciosamente á su hija única, como
el tesoro inestimable de su porvenir y el resto precioso de
sus mas risueñas esperanzas.
Nuestro pensamiento, que se encuentra apoyado por el
espíritu regenerador de una época ilustrada, y por los prin-
cipios estrictos de la ley natural, puede verse combatido te-
nazmente por las preocupaciones no interrumpidas de mu-
chos siglos, y por los diferentes axiomas que sirvieron de ba-
se á una legislacion caduca y exótica. Este choque de intere-
ses opuestos, esta lucha de principios inconciliables necesita
mayor desenvolvimiento; y esta es la causa por la que nos
proponemos escribir una larga série de articulos con este ob-
jeto, y con los que seguirémos ocupando la primera parte
de nuestro periódico.
La palabra que sirve de título á estos renglones será la
que tendrémos constantemente á nuestra vista. Con la edu-
cacion, y solo con la educacion, puede mejorarse la triste
condicion del bello sexo. Los donaires, las gracias seductoras
de la belleza, son patrimonio esclusivo de una preciosa edad
que pasa rápidamente como la corola de las flores al recio
empuje de los vientos. Tiempo es ya de que el ingenio des-
pejado y la imaginacion ardiente y viva de la muger no sea
como hasta ahora estéril en resultados útiles y saludables:
tiempo es ya de que se dé el verdadero lugar á la inteli-
gencia: tiempo es ya tambien de que la muger con las obras
del talento haga resonar su nombre en las edades futuras.
No tiene la autora de estas lineas la presuncion de querer abrir
por sí una nueva y desconocida senda á la educacion de sus
paisanas. Para esta grande obra cuenta con la cooperacion
de sus ilustradas compañeras y apreciables compañeros de re-
daccion, á cuyos esfuerzos quiere hacer la justicia de creer-
los altamente provechosos.
En los articulos sucesivos irémos manifestando los pun-
tos principales que debe abrazar esta educacion, como asi-
mismo los medios mas conducentes para llevar á cabo nues-
tra idea. Por hoy dejamos la pluma con la satisfaccion del
que cumple con sus deberes. ¡Ojalá podamos algun dia ver
coronados nuestros esfuerzos!
La Adalia.
UNA IDEA DE AMARGURA.
¿Qué se hicieron los sueños seductores,
Consuelo de mi mente y alegria,
Desque sintió mi pecho los ardores
De los suaves, cándidos amores
Que llenaron mi pecho de ambrosía?
¿Dónde está la esperanza idolatrada,
Que cual faro brillante en dulce puerto,
Me tenia en delicias anegada,
Prometiendo en su plácida mirada
Concederme aquel bien que via incierto?
¿Qué es ya mi porvenir? Fantasma oscuro
Sin ilusion, sin flores, sin encanto,
Que huella mi cerviz con cetro duro,
Y que pronuncia con acento impuro
La sentencia fatal de mi quebranto!
Suerte infeliz desde mi tierna infancia
Anubló s⁎empre mi risueña dicha,
Y en medio de mi célica ignorancia
Canté ya con mi plectro en disonancia
Los rigores de pérfida desdicha.
Tres meses me oprimió con mano fiera
La fortuna faláz sin abatirme:
Tres veces de mi vida en la carrera
La graciosa esperanza lisonjera
Intentó con empeño seducirme.
Y me sedujo al fin, y díla abrigo,
Y árbol fecundo floreció en mi seno,
Mientras el mundo de mi afan testigo
Me vió dichosa disfrutar consigo
Goces sublimes y placer sereno.
La vez postrera que risueña y pura,
Llena de encantos, anidó en mi alma,
Fué en la edad del amor y la locura,
Cuando anhelando la falaz ventura,
Pierde el mortal la inestimable calma.
Edad ardiente, que en febril delirio
Y en ficticio gozar nos adormece,
Mezclando siempre el funeral martirio
Que nos abrasa como aleve sirio
En todo aquello que verdad parece;
Por eso entonces la esperanza mia,
Cual flor nacida en el hermoso prado,
Lozana y bella con afan crecia,
Y sus blandos aromas ofrecia
Al beso de favonio regalado.
Enagenada en mis felices sueños
Sobre lecho de mirtos y azahares,
Vivia en goces dulces y risueños,
Sin temer nunca á los terribles ceños
De los negros y túrbidos pesáres.
La confianza de lograr dichosa
La gloria y el amor que me estasiaba,
Calmó algun tanto mi inquietud ansiosa,
Y sin la pena amarga y enojosa
Por feliz para siempre me juzgaba.
Venturosa tan solo con ficciones
Que podian llegar á ser verdades,
Sujetaba sin fuerza á mis pasiones,
Y disfrutaba de los bellos dones
Que á los seres convierten en deidades.
Mas ¡ay! nacida en la afliccion terrible,
Condenada al pesar y crudo lloro;
Espuesta siempre al infortunio horrible
Que sigue fiero al corazon sensible
Que la virtud aprecia y el decoro:
Presa inocente del destino horrendo
Que se complace en mi letal desgracia,
Las ilusiones puras destruyendo.
Que mi lozana frente circuyendo
Me ocultaban del mundo la falacia.
Infeliz y abatida en honda sima,
Sin sombra de placer, perdílo todo,
Y la esperanza que falaz sublima
Al dichoso mortal á quien estima,
Me dejó triste en el mundano lodo.
Como niebla fugaz que el sol ahuyenta
Me abandonó esta ninfa de repente;
Cercóme al punto la infernal tormenta,
Y me mostró su faz amarillenta
La implacable desdicha maldiciente.
Desde aquel dia para mi ha perdido
Sus mágicas dulzuras la ecsistencia,
Y el corazon del anatema herido
Renuncia para siempre entristecido
A los goces de pura adolecencia.
Una idea de llanto y de amargura,
Hija del mal que el corazon apena,
Es la que causa mi fatal tristura,
Y un porvenir de destruccion de augura,
Cuya memoria de dolor me llena.
Y esta idea cruel que me amenaza
Con una vida sin ficcion ni goce,
Cuyo solo temor me despedaza,
Es la que me hace maldecir la raza
Que las prendas mas bellas desconoce,
Es la que hiere con dolor profundo
Y rigor sin igual mi pensamiento;
La que me aparta del mezquino mundo,
Y con ardor inspira sin segundo
Estos mis cantos de roedor tormento.
Castellon de la Plana 1843. AMALIA FENOLLOSA.
VINDICACION.
No podemos hoy menos de llamar la atencion de nuestras
lectoras sobre un hecho estraño y notable hasta cierto pun-
to. Al emprender la publicacion de nuestro periódico pasa-
mos una cortés invitacion á todas aquellas señoras que por
su ilustracion podian interesarse en nuestra empresa, anun-
ciando que de no manifestar su contraria voluntad tendria-
mos el gusto de contarlas en el número de nuestras favore-
cedoras: quisimos separarnos de la rutina periodística de co-
brar la suscricion adelantada, haciendo con e⁎to una distin-
cion señalada de la finura y generosa confianza que debe
reinar entre todas las de nuestro sexo. Pero nosotras no con-
tábamos con que algunas señoras (aunque bien pocas), que
habian ido recibiendo en silencio todos los números publica-
dos, habian de devolvernos el recibo en el momento de la
cobranza. De este hecho, bastante elocuente por sí, po-
drian hacerse deducciones bien poco provechosas á la causa
que defendemos, pero son ecepciones que han sido rarísi-
mas por fortuna, y que son facilmente oscurecidas por las
infinitas señoras que en esta Ciudad nos favorecen, coadyu-
vando á nuestra empresa, que es la suya propia, por las in-
numerables suscritoras de fuera de ella en casi todos los pun-
tos de España, por las cartas que continuamente recibimos
de congratulaciones y de enhorabuenas, y por los elogios
que todos los dias nos prodigan los mas acreditados órganos
de la prensa. Por lo demas, las señoras que de este modo
se conducen, y cuyos nombres publicariamos si mirásemos
su decoro con la indiferencia que ellas han mirado el nues-
tro, pueden estar descuidadas, pues los desaires de cierta
especie no tienen eco entre nosotras, que como señoras so-
mos incapaces de guardar enconos, y no estamos en el caso
como escritoras de entrar en cuestiones de mal género y de
ningun interés para nuestras lectoras, ni mucho menos de
gastar inútilmente el tiempo, ni de emborronar mas papel
llorando desengaños de nuestras paisanas.
EL PRISIONERO.
A E. P. de G.
Soñando pasa la vida
el infeliz prisionero
y el alma alienta afligida
una esperanza perdida
en su penar lastimero.
Un dia pasa á otro dia,
un sufrir á otro sufrir,
y su letal agonía
la oculta su fantasía
con risueño porvenir.
Mañana sueña que ufana
su inocencia ha de triunfar,
y del reló la campana
marcando va su penar
y alejando ese mañana.
No pierdas, no, la ilusion
que dora tu pensamiento,
que las ilusiones son
las flores del corazon,
y ¡guay! las deshoja el viento.
No pienses que en tu prision
los hombres te han de juzgar
con justicia y sin pasion,
que asi verás marchitar
las flores de tu ilusion.
Guarda, infeliz, esas flores
que el mundo apreciar no alcanza,
no marchites sus colores,
que si no ahuyentan dolores,
los calman con la esperanza.
Rueda es la vida sin cesar rodando,
no hai quien su curso detenerlo pueda,
y ay del que osado al infeliz mofando
olvide que rodando va la rueda.
M. Soriano Fuertes.
JULIA.
Nobela original.
(Continuacion.)
Esta visita diaria á la Cabaña de los pastores habia he-
cho que Enrique, uno de ellos, se enamorase perdidamen-
te de Julia, y que fuese correspondido por ella: todas las
mañanas venia el Sol á alumbrar la entrevista de estos aman-
tes; así es que la rosa de las montañas despues de cerrar su
puerta por fuera, llegó á la fuente, acercó su labio á la
corriente, y despues de haber bebido se marchó llena de
contento á la Cabaña.
Despues de haber andado un corto rato, llegó á la
cumbre de una montaña, desde la que se descubria un
gran rebaño de cabras que en lo alto de un vecino bos-
quecillo saltaban y jugaban dentro de un gran círculo cer-
rado por una alta red de gruesas cuerdas, que dejaba una
pequeña abertura por un lado, entonces cerrada con algunas
ramas, y que tenia á los lados rústicos asientos destinados
á los cabreros.
Completaba aquella vista pintoresca la cabaña de los
dueños y guardas de aquellos animales, formada de ma-
dera y fresca paja, y colocada al lado del redil.
Llegó Julia á este lugar y despues de dar los buenos
dias al Cabrero, á su buena muger y á los zagales, que
estaban acomodados en los peñascos, se recostó sobre la ver-
de alfombra con que estaban tapizados todos aquellos lu-
gares.
- ¿Está muy lejos hoy Enrique, buena Juana? pregun-
tó Julia.
– Alli enfrente; míralo, ya viene ácia aquí.
La muger á quien acababa de hablar representaba unos
cuarenta y cinco años, su tez demasiado morena, y sus ma-
nos fuertes y nerviosas, indicaban una vida cansada y las mu-
chas privaciones y trabajos por que habia atravesado durante
toda ella; y sin embargo esta muger nacida entre las selvas, que
siempre caminaba sobre ásperas breñas, que comia un mal pe-
dazo de pan negro con la yerva silvestre del pais, y que dormia
sobre un saco de paja; era feliz, si, feliz, mucho mas que las que
nacidas en el seno de la sociedad pasan una vida regalada y
llena de deleites. Juana nacida de padres pobres, pero hon-
rados, se habia casado á los diez y siete años con
Isidro, joven entonces de veinte, robusto y trabajador: á
fuerza de privaciones habian logrado reunir aquella porcion
de cabras, que abastecian de leche á todos los habitantes de
la comarca, y que proporcionaban á aquellos honrados la-
briegos una vida cómoda, alegre y algun tanto regala-
da, en compañia de Enrique, su único fruto de bendicion,
que contaria apenas unos diez y nueve años.
Julia, como ya hemos visto, era de las muchas que
iban á visitar diariamente al amanecer la cabaña de Isidro:
poco tardó Enrique en llegar á aquel sitio, y despues de
haber besado la mano de su querida, y saludado respe-
tuosamente á sus padres, se vino á sentar al lado de la que
habia de ser su esposa: estos ratos que estaban diariamen-
te reunidos los dos amantes, siempre les parecian cortos,
y despues de mil alhagüeñas esperanzas y dulces jura-
mentos, los dos tenian que marcharse, Julia para llevar á
su padre la leche y despues dedicarse á sus tareas do-
mésticas, y Enrique para conducir la manada al bosque.
Cuando hubo llegado este temido momento, Julia, des-
pues de las mas tiernas miradas, dió á besar su mano á el
que habia de ser su dueño; saludó á Isidro y á Juana, y se
dirigió acia su huerta enjugando con su pañuelo una lágri-
ma que habia asomado á su mejilla: Enrique no muy
contento, tomó en compañía de su padre el camino opuesto,
conduciendo sus ganados, y Juana se quedó en la Cabaña
para despachar el sabroso nectar de sus cabras á los tardios
aficionados, y marchar despues á Córdoba para vender el
resto poco puro por el agua de los arroyos que al paso tenia
que atravesar. Se continuará. ADELA GARCIA. [margen inferior: Advertencia. Habiéndonos escrito muchas señoras desde varios pue-
blos subalternos de provincia donde no tenemos comisiona⁎⁎os, con el
objeto de saber donde habian de suscribirse á nuestro periódico; desde
luego anunciamos al público que se admiten suscriciones á él en todas las
administraciones y estafetas de correos, que las recibirán sin ningun otro
aviso, y bajo las condiciones corrientes.] [margen inferior: Córdoba: establecimiento tipográfico de Don Fausto García Tena, calle de la Libreria número 2.]
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