CODEMA19-VERGELAND-1845-8
CODEMA19-VERGELAND-1845-8
Summary | Revista El vergel de Andalucía: periódico dedicado al bello sexo (tomo 1, número 10) |
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Repository | Biblioteca Nacional de España |
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Typology | Otros |
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Date | 1845/12/21 |
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Place | Córdoba |
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Province | Córdoba |
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Country | España |
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[margen superior: Diciembre 21. Año de 1845] EL VERGEL DE ANDALUCIA.
Periódico dedicado al bello secso. EL DIA MAS FELIZ DE LA VIDA.
La buena ó mala eleccion de es-
poso es el orijen de la ventura
ó infelicidad de la muger en
esa época de su vida, en que
disipadas como el humo las do-
radas ilusiones de su primera juventud, se
encuentra frente á frente con la realidad ter-
rible que solo permite un recuerdo vago y
dulcificador de otra edad mas deliciosa. Si
es cierto, como ya hemos esplicado, que
encuentra la muger á cada paso mil obstácu-
los con que luchar en sus primeros años,
tambien lo es que cuando ya de decide á ele-
jir un esposo, á dar el gran paso con el que
parece va á mejorar su condicion, siente mas de lleno el
peso de su destino, porque entonces conoce mejor que nun-
ca cuales son sus verdaderos enemigos, y entonces es cuan-
do resaltan mas de bulto los defectos de su educacion. ¡Cuan-
tas por estas dolorosas causas han elejido un esposo, creyen-
do que en él encontraban un depositario benéfico de los sen-
timientos de su corazon y un amigo bondadoso, habiéndose
encontrado despues con un enemigo austero, origen de
nuevas lágrimas! ¡Cuantas con un esposo opulento han que-
rido salir de una obscura mediania, y han visto despues di-
lapidado su patrimonio en los asquerosos vicios de una vida
desenvuelta y relajada! ¡Cuantas con la eleccion de un es-
poso han querido romper las cadenas que nos impone cuan-
do solteras el mundo, y solo han conseguido aumentar sus
privaciones y eslabonar con lazos mas fuertes é indisolubles
su libertad! Las personas que deben estar mas interesadas en
la suerte de la muger son las que causan muchas veces su
desgracia: un amor grande pero inconsiderado les hace ver
á fuer de padres cariñosos con mala prevencion al hombre
que ha llegado á ocupar el corazon de su hija, de su hija á
quien aman con toda el alma; y abusando de su docilidad y
de su debilidad de muger, hacen traicion á sus sentimien-
tos, asesinan su corazon, y la hacen víctima de sus capri-
chosas preocupaciones, sacrificándola con un perjurio inno-
ble á especulaciones bastardas ó á inveterados respetos de
familia. No es estraño que á la vista de esta horrible verdad,
comprobada demasiado por la esperiencia, no dé la muger
algunas veces oidos á los impulsos de su corazon, y siga in-
sensible esa senda inmoral de los casamientos de convenien-
cia, parodia repugnante y sacrílega de la mas santa y social
de las instituciones. Si, la muger que se casa por convenien-
cia uniéndose sin amor á un esposo rico es peor que la mas
miserable prostituta, porque ademas de engañar á un hom-
bre á quien se vende por un puñado de oro, ofende á la Di-
vinidad, en cuya presencia jura que lo ama y que lo ama-
rá eternamente: el dia mas feliz de la vida será para ella un
dia de remordimíentos, si aun conserva un resto de vir-
tud en su alma, y la época de la espiacion, que no pue-
de estar lejana, pasada esa luna de miel á cuya luz todo es
hermoso, él la echará en cara su pobreza, y ella verá der-
rochado impunemente el caudal donde fundaba su porve-
nir; y siendo pública su inmoralidad y su ignominia, no
bastará á borrar aquella mancha una vida entera, gastada
con lágrimas y arrepentimientos. De aqui deducimos que el
amor es la primera base para el matrimonio; y no se crea
que opinamos como tantos otros que dicen que no es indis-
pensable al principio, puesto que despues puede adquirir-
se: este es un error gravísimo, pues dejarlo para despues
es muy inseguro y tal vez poco posible; seria necesario en-
contrar en ambos un caracter adecuado y especial, una
predisposicion natural para amarse y otras infinitas circuns-
tancias que quizás seria imposible ver reunidas: el amor es
absolutamente necesario, es una circunstancia esencial y la
primera base del matrimonio para que se mire con esa in-
diferencia: nuestro corazon siempre es fiel, y si alguna vez
nos engaña… ¡cuanta desventura, cuantos males nos pro-
porciona el desprecio con que es mirado, especialmente por
las personas encargadas de nuestra educacion! El amor vio-
lento al principio bien pronto se torna en ese sentimiento
apacible, que es el nectar de nuestra vida: ámense los que
hayan de unirse para siempre al pie de los altares: tengan
la suficiente confianza en su amor, y solo de este modo po-
drán conocer todas las dulzuras é inefables encantos de
el dia mas feliz de la vida. LA ADALIA.
EL TIBIDABO.
Hay una hora hermosa
En cuyo silencio y calma
Se entrega libre el alma
A la meditacion
Esta hora es cuando el mundo
Despierta de su sueño,
¡Que cuadro tan risueño
Ofrece la creacion!
Del alto Tibidabo
Eh la escarpada cumbre,
Al pálido vislumbre
Del matutino albor;
Cuando un oscuro velo
Envuelve la llanura,
Y solo niebla impura
Se observa en derredor:
Cuando reposa el mundo
Con un sueño tranquilo,
Yo sola alli vigilo
De goces mil en pos.
Y mi plegaria entrego
A la ligera brisa,
Que docil y sumisa
La lleva hasta mi Dios.
Todo es silencio en torno,
Todo reposa en calma,
Mientras apura mi alma
La copa del placer
En medio á tal silencio,
A semejante hora,
Cómo se cree y se adora
Al soberano Ser!
Cómo dudar que ecsiste
Quien rige el universo,
Viendo ese azul tan terso
Y esos astros sin fin;
Y ese horizonte inmenso,
Y el plácido paisage,
Ya fúnebre y salvaje,
Ya hermoso cual jardin.
Mas ya rojos celajes
Coloran el Oriente,
La aurora refulgente
Anuncia el claro sol.
La luna palidece,
No brillan las estrellas,
Mata sus luces bellas
El fulgido arrebol.
Y á los ardientes rayos
Del astro rubicundo
Ya recobrando el mundo
Viviente animacion.
Abren las mustias flores
Su caliz abatido,
Las aves desde el nido
Entonan su oracion.
Y los insectos zumban,
Y cantan los pastores,
Y mil y mil rumores
Se escuchan á la vez.
Tal cuadro ante mis ojos
De vida se despliega,
Que el alma mia se entrega
A toda su embriaguéz!
La vista al rededor tiendo admirada
Esa fertil llanura contemplando,
Y esa hermosa ciudad tan alabada,
Y ese mar que su muro está besando:
Despliega aqui sus gracias la natura,
Alli demuestra su poder el hombre,
Y reflejarse en aquella onda pura
Se ve del sumo Dios el claro nombre!
De lo alto se despeñan mil torrentes
Bañando esa llanura matizada,
Con árboles, con flores y con fuentes,
De aldeas y de casas coronada.
Ese arroyo que cual cordon de plata
Corre serpenteando entre las flores,
Y en cuya hermosa linfa se retrata
De mil nubes los célicos colores;
Los campos con tanta arte cultivados
Que desplegan do quier su lozanía,
Ese verde esmeralda de los prados
Y esas flores que ecsalan ambrosía.
Y luego esa ciudad de altas almenas
Con torres, campanarios, chapiteles,
Con ese mar que baña sus arenas
Cubierto de mil buques y bajeles:
Todo forma un conjunto sorprendente
Que transporta mi vaga fantasía,
Y de mil sensaciones un torrente
Arrebata y confunde el alma mia!
Gloria al Señor del mundo,
Al Ser Supremo gloria,
Y á la nefanda escoria
Que níega su poder.
Mostradla la natura
Y de ese sol la llama,
Que por do quier proclama
A un soberano Ser!
Venid, venid precitos,
Que un Dios habeis negado,
Del cuadro que he trazado
Mirad el esplendor!
Y entonces compungidos
Rogad al Dios del cielo,
Y en vuestro desconsuelo
Postraos ante el Señor….!
ANGELA GRASSI.
A un Cometa.
Soneto.
Destello fulgurante, que atrevido
Vas las altas esferas recorriendo.
Y hasta el disco del sol enrojecido
Tu cabellera pálida tendiendo,
¿Eres la sombra de mi amor querido?
Eres genio del mal, que descendiendo
Tras ígneas vestiduras escondido
¿Vas la discordia y el dolor vertiendo?
Pasaste hermoso cual vision aërea,
Que entre anillos de plata se desliza,
Rodando por las nubes luminosa;
Y cuando ufano la region etérea
Vuelvas á recorrer, tu luz rojiza
Oscilará sobre mi fria losa.
ROBUSTIANA ARMIÑO.
A una Rosa.
Flor, por mi arrojo alcanzada,
aunque no es tanta mi suerte
que estuvieses destinada
para mi, siempre estremada
es mi dicha en poseerte.
Este placer tan supremo
fuerza es que mi pecho agite;
rosa, tocarte yo temo,
porque el fuego en que me quemo
sentiré que te marchite.
Consérvete la fortuna
contra envidiosa querella,
sin perder hoja ninguna,
pues tienes en cada una
un aliento de la bella.
Déjame, flor, acercar
mi labio á ti, sin llamar
mis intenciones bastardas,
que es solo por aspirar
los alientos que tu guardas
Has sido, flor, muy dichosa,
pues en su mano preciosa
junto al pecho te ha tenido,
y tu sentiste el latido
del corazon de la hermosa.
¿Qué venturoso mortal
agita su puro seno?
Mas ¡ay! no me digas cual,
porque es la envidia un veneno,
y la siento por mi mal.
Ven, flor, conmigo á cumplir
la suerte de nuestro ser:
mientras a hermosa á lucir,
tu vas marchita á morir,
y yo triste á padecer.
Por verte siempre me afano,
y en tí un placer constituyo,
que habiendo estado su su mano
vale mas el resto tuyo
que el mejor jardin hispano.
No importa que despiadada
la rosa que yo le dí
la tirase deshojada,
si el recuerdo no le agrada,
el suyo me encanta á mi.
Que en el templo del amor
afecto es de mas valor
el que pagado no es,
y no mueve el interés
á este humilde trovador.
Yo.
ALBUM.
Hemos recibido hasta la 6.ª entrega de Maria, la hija
de un jornalero, original de Don Wenceslao Ayguals de Izco:
su mérito literario compite con el lujo tipográfico, y poco
podemos añadir á los innumerables elogios que le ha prodi-
gado toda la prensa. Su objeto, segun hemos visto en las
primeras entregas, es hacer ver hasta donde llega el amor
á la virtud de una muger del pueblo y de su honrada fa-
milia, harto combatida por groseras maquinaciones; y esto
unido al deseo que se advierte en toda la obra de vindi-
car á España de las enconadas inculpaciones de los extran-
geros, debe hacerla doblemente interesante á nuestras ilus-
tradas favorecedoras, á quienes recomendamos encarecida-
mente su lectura.
Desde primero de año se publicarán en Sevilla dos en-
tregas mensuales de las poesias de nuestro joven colabora-
dor Don José Nuñez de Prado. Si hemos de juzgar por las
muestras que hemos leido de dicha obra, no podemos me-
nos de prometernos una buena coleccion.
El Teatro continua poco concurrido: las causas ya las
hemos enumerado en otro artículo: sin embargo, de todos
modos nos es muy sensible esta apatia por parte del públi-
co. El teatro puede decirse que presenta el tipo de la
ilustracion de una ciudad, y no quisieramos que esta cir-
constancia produjese nuevos detractores de esta hermosa Ca-
pital. Por lo demas suspendemos nuestras criticas: de otra
manera tendrian que ser un tanto severas, lo cual es con-
tra nuestra posicion y nuestro caracter.
La Socidad Filarmónico-dramática pondrá en escena po-
cos dias despues de Pascua, segun parece, la gran ópera
Lucia de Lammermoor.
JULIA.
Nobela original.
(Continuacion.)
Cuando llegó aquel tropel de trabajadores de ambos
secsos, lacayos y demas gente, cada cual inventaba un nue-
vo medicamento: unos traian yerbas del campo y las po-
nian en las sienes de aquella deidad: otros la aplicaban vi-
nagre á la boca; y el ruido y la confusion succedió á la
anterior calma.
Aquel cuerpo inanimado, recostado sobre el suelo,
no daba señales de vida, todos desesperaban de ella, pero
todos la contemplaban tranquilos: solo dos personas estaban
con la vista fija en aquellos ojos esperando verlos abrirse, y
en aquella boca esperando escuchar su primera palabra, el
anciano Pedro, su padre, y Lecrair el fingido Sacerdote.
Este ultimo veia frustrarse su trama contra el Marqués,
y el primero veia muerta á su querida hija: traspasado de
dolor su paternal corazon se arrodilla delante de una imagen
del Redentor del mundo, y «Señor, dijo, volvedme á mi
hija, aunque no me volvais á la Marquesa de Pouman»….
¡Ah! suspiró lentamente Julia, cuyo sonido pareció á su
padre el «Si» con que Jesus contestaba á su plegaria. Lleno
de contento corre ácia ella… la abraza. Delirante besa sus
pudorosas mejillas, y aquella hija á quien no habian podido
volver en si las medicinas de los trabajadores, volvió á la
vida con la mágia de cien besos paternales. Aun no habia
pronunciado una palabra, cuando Lecrair, volviéndose á los
demás «dejadme solo con ella» les dijo. - ¿Qué pensais ha-
cer, padre mio? dijo sorprendido Pedro. – Haced que con-
sienta en lo que le habeis propuesto. - ¡Como! ¿quereis ma-
tar á mi hija? Jamas consentiré en que se renueve semejante
proposicion. – De todos modos necesito conferenciar con
ella; os prometo no hablarle de nada que la pueda disgus-
tar. – Pero…… - Qué…… desconfiais de mi, de un mi-
nistro del Señor? – No, padre, no desconfio; quedaos con
ella, y haced cuanto podais por su salud: vamos. Pedro vol-
viéndose á los demas «vamos» repitió; y salió acompañado
de todos. - ¿Donde estoy? murmuró la joven. – En brazos
de la religion. – Solo ella me podrá consolar en este momen-
to, padre mio. – Tan angustiado está vuestro corazon? – El
golpe mortal que acabo de recibir ha cortado mi vida en su
primavera. – No temas, hija mia, todo pasa en este misera-
ble mundo, los placeres y los dolores; desahogaos conmigo,
abridme vuestro pecho, y os prometo que vuestras penas
hallarán consuelo; pero descansad un momento, bebed una
poca de agua. – Si, padre mio, necesito todo lo que sea re-
poso y tranquilidad.
Despues de un largo rato de silencio, Julia le contó
detenidamente sus amores con Enrique, y no bien ha-
bia acabado de hablar le dijo Lecrair: - Conque segun me
habeis manifestado el único inconveniente que ha retardado
vuestra union con ese dichoso amante ha sido el no tener aun
los suficientes medios para proporcionaros una subsistencia co-
moda? Pues bien, yo os prometo todo lo que podais ambi-
cionar, si seguís al Marqués. - ¡Qué es lo que decis! ¿y es
eso lo que me prometeis despues de lo que acabo de confia-
ros?
Pasaron unos pocos momentos, al cabo de los cuales Le-
crair saliendo de aquella habitacion dijo al anciano Pedro;
«Vuestra hija consiente al fin en ser Marquesa» ¿Quereis,
pues, que partamos al momento? - ¡Como! mi hija…… -
Consiente: vedla, ya sale preparada para el camino, vedla
tan hermosa y alegre como antes. – Será verdad, Julia, lo que
acaban de decirme? – Si, padre mio, consiento gustosa. -
Pues marchemos, dijo el Marqués que habia permanecido
mucho tiempo mirando incesantemente á Lecrair sin acabar
de comprender los medios de que se habia valido para hacer
aquella gran transformacion. Adela Garcia.
Se continuará. [margen inferior: Córdoba: establecimiento tipográfico de Don Fausto García Tena, calle de la Libreria número 2.]
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