CODEMA19-VERGELAND-1845-0

CODEMA19-VERGELAND-1845-0

SummaryRevista El Vergel de Andalucía: periódico dedicado al bello sexo, número 1, tomo 1
RepositoryBiblioteca Nacional de España
TypologyOtros
Date1845/10/19
PlaceCórdoba
ProvinceCórdoba
CountryEspaña

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[margen superior: Octubre 19. Año de 1845.] EL VERGEL DE ANDALUCIA. Periódico dedicado al bello secso. INTRODUCCION. No hace mucho tiempo que veia la luz pública en Se- villa El Vergel, interesante y ameno periódico, y tal vez el que en su clase ha gozado de mas crédito en Espa- ña. Redactado por jovenes estudiosos que con tan buenos auspicios empezaban su carrera literaria, fué desde el prin- cipio consagrado al BELLO SECSO, y en él encontraron sus lectoras no solo un solaz agradable é instructivo, sino tam- bien la vindicacion de las mas injustas y enconadas incul- paciones. Suspendida dicha publicacion necesariamente por la ausencia temporal de sus redactores, concibió des- de luego la idea la autora de estas lineas de llevar á ca- bo aquella empresa, asociandose para ello con las princi- pales escritoras de nuestros dias; y habiendo hecho úl- timamente con los jovenes redactores de aquel periódico y con otros escritores entendidos que cortesmente se brin- daron (como era de esperar) á ayudarnos en nuestras ta- reas, y á los que nos vemos obligadas en este momento á dar las gracias por su finura y generosa galanteria. Con tan ventajosos elementos tendremos la satisfaccion de que no se califiquen de temerarias nuestras pretensiones. Na- die puede comprender á la mujer mejor que la mujer [margen inferior: Tomo 1.º Numero 1.º] misma: asi nuestras inspiraciones no podrán menos de lle- gar al alma de nuestras lectoras; nuestras inspiraciones ya festivas, ya melancólicas, penetrarán en el sagrado del ho- gar doméstico, donde la mujer ahoga en silencio sus puras y delicadas emociones con la ardiente ambicion de gloria y renombre, que devuelve como hijas espúreas á su alma in- dependiente y generosa. Nosotras escribiremos sin otras leyes que las del buen gusto, despreciando los preceptos convencionales de legis- ladores arbitrarios, sin dar culto á la desenfrenada anar- quia abogaremos por la prudente emancipacion del pensa- miento. Jamas tendremos que avergonzarnos de nuestros es- critos; ellos podrán correr por todas las manos, y aun esas hermosas y pudibundas almas, defendidas por el escudo de la inocencia, encontrarán en ellos un saludable néctar de profunda moralidad, que á la luz de la razon es el primer encanto de las concepciones sublimes, y que sabremos con- servar codiciosamente como el solo bien con que hemos re- sistido al universal despojo; pues harto bien comprende- mos nosotras que el decoro es la única, aunque inesti- mable joya, que nos ha legado una sociedad injusta y des- pótica. La naturaleza ha querido regalarnos un corazon ar- diente y libre: el hombre ha querido comprar un seño- rio y una tutela absoluta á precio de nuestra humillacion: nosotras manifestaremos cuan desigual es esta lucha, y ha- remos ver cuanto hay de violento y erróneo en las mas ar- raigadas exijencias y preocupaciones sociales. Es necesario decirlo de una vez: el dia de la ilustra- cion de la mujer será el dia de muerte para el altivo im- perio del hombre. Nuestra mision esencial será sacar al bello sexo de su senda de perezosa postracion, y ya que ha sido dotado por la naturaleza de tan bellos y seducto- res atractivos (aunque yo me considere una ecepcion de esta regla general) llamarlo al estudio de las bellas letras, emancipandolo de la oscuridad profunda de una educa- cion limitada y vergonzosa. La poesia, esa voz de nuestra alma, ese idolo mima- do de los corazones sensibles, ocupará un lugar distingui- do en las columnas de nuestro periódico; el cual no por eso se dedicará esclusivamente al efimero recreo de nuestras lectoras: tambien tendrá por objeto, como ya hemos dicho, su instruccion, pero no esa instruccion enfática y grave mas propia que de las bellas de la estóica calma de los fi- lósofos. Ultimamente, nosotras haremos por derramar con pro- fusion el aroma y los matices en las flores que reparta se- manalmente á sus lectoras El Vergel de Andalucia. La Adalia. A LAS ESTREMEÑAS. Las que sintais por dicha algun destello Del numen sacro y bello, Que anima la dulcísima poesia, Oid: no injustamente Su inspiracion naciente Sofoqueis en la joven fantasia. Si en el pasado siglo intimidadas Las hembras desdichadas, Ahogaron entre lágrimas su acento, No es en el nuestro mengua, Que en alta voz la lengua Revele el inocente pensamiento. De entre el escombro de la edad caida, Aun la voz atrevida, Suena, tal vez, de intolerante anciano, Que en aspera querella Rechaza de la bella El claro ingenio cual delirio insano. Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza Quien el recuerdo alcanza De la edad en que al alma femenina Se negaba el acento, Que puede por el viento, Libre ecsalar la humilde golondrina? Aquellas mudas turbas de mujeres, Que penas y placers En silencioso tédio consumian, Ahogando en su ecsistencia Su viva inteligencia Su ardiente genio, ¡cuanto sufririan! ¡Cual de sus pensamientos la corriente, Cortada estrechamente Por el dique de barbaros errores, En pantano reunida, Quedara corrompida En vez de fecundar campos de flores! ¡Cuanto lozano y rico entendimiento, Postrado sin aliento, En esos bellos cuerpos juveniles, Feneció tristemente, Miserable y doliente Desecado en la flor de los abriles! ¡Gloria á los hombres de alma generosa, Que la prision odiosa Rompen del pensamiento femenino! Gloria á la estirpe clara Que nos guia y ampara Por nuevo anchurosisimo camino! Lágrimas de entusiasmo agradecidas, En sus manos queridas, Viertan los ojos en ofrenda pura: Pues, solo con dejarnos Cantando consolarnos, Nos quitan la mitad de la tristura. ¡Oh cuanto es mas dichosa el alma mia, Desde que al arpa fia Sus hondos, concentrados sentimientos! ¡Oh cuanto alivio alcanzo, Desde que al aire lanzo Con espansion cumplida mis acentos! Yo de niña en mi espi⁎itu sentia Vaga melancolia De secreta ansiedad, que me agitaba; Mas al romper mi canto, Cien veces con espanto En la mente infantil lo sofocaba. Que entonces en mi tierra parecia La sencilla poesia Maléfica serpiente, cuyo aliento Dicen que marchitaba A la joven que osaba Su influjo percibir solo un momento. ¡Como á la musa injénua y apacible, Bajo el disfraz terrible, Con que falsa nos muestra antigua gente Su candida hermosura, Pudiera sin pavura Conocer y adorar antes la mente? ¡Qué rara maravilla y qué alegria Sintió mi fantasia Cuando mudada vió la sierpe fiera En niña mansa y pura, Tan llena de ternura, Que no hay otra mas dulce compañera! ¡Cual mi embeleso fué, cuando á su lado Mi espiritu mimado Y en su inocente alhago suspendido, Suavisimas las horas Tras de voces sonoras Pasó vagando en venturoso olvido! Decid á los que el odio en ella ensañan, Que viles os engañan Esa deidad al calumniar osados; Decidles que no es ella La que infunde á la bella Afectos en el alma deprabados. Si brota en malos troncos engertada, Será porque arrancada Del primitivo suelo con violencia, De la rama en que vive, A su pesar recibe El venenoso jugo su ecsistencia. Empero, no esa flor alba y hermosa, Aroma perniciosa De la doncella ofrece á los sentidos; A los que tal digeron, Decidles que mintieron Como necios y torpes y atrevidos Y aquellas que sintais algun destello Del númen sacro y bello, Que anima la dulcísima poesia, Llegad tranquilamente, Y en su altar inocente Rendid vuestro homenage de armonia. Hallen los pensamientos oprimidos, Que ulceran los sentidos, Giro en la voz y en nuestras playas ecos, Si con silencio tanto De ese mudo quebranto Los corazones ya no teneis secos. Cántenos su infortunio cada bella, Que si la pena de ella Penetra con su ciencia, acaso, el mundo, Mejor que los doctores Esplica sus dolores Con su agudo gemir, el moribundo. Dichas, amores, penas, alegrias, Lloros, melancolias, Trobad al son de placidos laudes; Mas, ¡ay de la cantora Que á esa region sonora Suba sin inocencia y sin virtudes! Pues en vez de quedar su vida impura Bajo de losa oscura En silencioso olvido sepultada, Con su genio y su gloria, De su perversa historia Eterno hará el baldon la desdichada. Cante la que mostrar la erguida frente Pueda serenamente Sin mancilla á la luz clara del cielo, Cante la que á este mundo De maldades fecundo Venga con su bondad á dar consuelo. Cante la que en su pecho fortaleza Para alzar con pureza Su espiritu al escelso templo halle; Pero la indigna dama Huya la eterna fama, Devore su ambicion, se oculte y calle. Carolina Coronado. Faltariamos á uno de nuestros principals deberes, si al empezar nuestra publicacion no dieramos las mas encarecidas gracias á la infinidad de Señoras que nos han fa- vorecido y á la multitud de periódicos de todas clases que se han ocupado de ella. El Eco del Comercio número 956 del 6 de Octubre, El Espectador número 1.333 de 4 del mismo, El Heraldo número 1014 del 6, La Esperanza número 306 del 3, El Castellano número 2.846 del mismo dia, El Porvenir, La Iberia musical i litera- ria, y otros muchos que sería mui largo enumerar, nos han dado toda clase de enhorabuenas por nuestro pensamien- to. ¡Ojalá dentro de algun tiempo nos alaben los mis- mos por el modo feliz con que lo hemos llevado á efec- to! Agradar á todos, este es nuestro único deseo. EN EL ALBUM DE LA SEÑORITA DE L. un tiempo á los soplos del Noto abrasado del monte y del prado las flores secar, y zozobrando sin norte ni quilla mi pobre barquilla, juguete del mar. La mente en las aguas sosiego no alcanza, sin ni esperanza, en sueño febril, y en vano ilusiones sin gloria alimenta, que es fiera tormenta la edad juvenil. Un faro amigable se mira en la altura, la madre natura nos trajo ese bien: recíbelo, hermosa, depon tus enojos, que al cabo entre abrojos se encuentra un eden. Si buscas el gérmen de gloria en tu alma, y mares en calma, y prados con flor.. si buscas la dicha, no hay mas que un destino, no hay mas que un camino, no hay mas que el amor. Sevilla. R. Garcia. JULIA. Nobela original. I Son las doce de la noche. Qué espectáculo tan terrible presenta la naturaleza en este instante! el firmamento parece desplomarse, ni una luz, todo tinieblas, todo oscuridad: las olas del mar fuertemente combatidas por un recio aquilon, procedente del norte, vienen á estrellarse contra las rocas elevadas. Ru- ge el viento, rayos mil cruzan por la atmósfera espar- ciendo su rojiza luz por do quier: un relámpago deslum- brador ilumina de vez en cuando esta escena, y el true- no aterrador que le acompaña parece el complemento de esta formidable y tenebrosa orquesta. Es la orilla del mar. A la derecha se eleva una áspera y encumbrada mon- taña de enormes peñascos, que enmedio de la oscuridad se asemejan á unos jigantes que amenazan terriblemente á la tierra, al mar, al viento, y aun al mismo cielo. A la izquierda se dilata un áspero arenal de una estension inmensa, parece que no tiene fin aquella horrorosa len- gua de arena. Al frente el Occeano, que en aquel mo- mento forma de sus aguas terribles montañas, y que la mas pequeña de sus oleadas pretende sepultar el mun- do entero. En aquel inmenso piélago alborotado, cuantos infelíces ecsalarán sus últimos suspiros, unos enmedio de la mas cruel desesperacion, otros enmedio de la mas amarga conformidad. Cuantos padres verán morir sus hijos, cuantos tiernos esposos verán perecer á sus espo- sas, cuantos hijos verán los cuerpos espirantes de sus an- cianos padres, de sus queridas madres, y todos sin po- derlos salvar, y todos sin poderse salvar á mismos. Qué horror! piedad para esos desgraciados! A la - lida luz de un fuerte relámpago se dibuja confusamen- te ácia el medio de aquel arenal un bulto negro en fi- gura de hombre, que arrodillado sobre la húmeda are- na, sostiene en sus brazos algo levantados ácia adelante un manto con que parece cubrir alguna cosa: al mismo tiempo un rayo desprendido de la atmósfera cae ácia aquel sitio, sigue un trueno estrepitoso y despues la oscuridad. Las olas del mar se van disminuyendo, las nu- bes disipándose, el fuerte vendabal se convierte en una brisa, fresca y suave, los truenos se alejan llevándose tras si todos sus horrores, y la brillante luna que salien- do de entre aquellos siniestros nubarrones rielaba sobre las ya apacibles aguas del mar, iluminó aquellas riberas ahora alegres, y las mostró á dos viajeros que sobre una mal construida balsa solo esperaban la muerte enmedio de las olas. Se continuará. ADELA GARCIA. [margen inferior: Córdoba: establecimiento tipográfico de Don Fausto Garcia Tena, calle de la Libreria número 2.]

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